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Don Tato Ramos, maestro artesano
La filigrana, su sustento; cazar y cantar, mayor pasión…
María José Evia Herrero (Foto: unasletras)
Mérida, 31 de julio de 2007. Es el último día de julio. El último también de la administración gubernamental del PAN. Día de transición y expectación, y hoy, todavía bajo el efecto de la reciente apertura del Museo de Arte Popular de Yucatán, entrevisté a don Leonardo Ramos, mejor conocido como don Tato Ramos, maestro de la filigrana y, sorprendentemente, también cazador y cantante (aunque sólo canta tangos).

Don Tato Ramos me recibe esta mañana en su casa en compañía de su esposa, quien me da la bienvenida y se sienta a escucharlo meciéndose cómodamente, callada, pero pendiente de cada palabra, por si acaso amerita hacer que el entrevistado retome el hilo de la plática.

La conversación de don Tato está plagada de buenas anécdotas… Con tono alegre trae a la conversación tanto a su padre y la pierna de jamón serrano que solía comprar para la familia, como a Jimmy Carter, a quien llevó a Izamal de cacería, experiencias que a sus 87 años cuenta entusiasmado un rato antes de salir a encontrarse con sus clientes en el Hotel Caribe. Tiene malas las rodillas;  ya no puede trabajar en su taller como antes, por eso pone todo su empeño en vender.

Esta entrevista, salpicada de aconteceres: el gato que maúlla por su alimento, la gente que pasa por la calle y saluda, los comentarios sobre personajes de la ciudad..., transcurre alrededor de una mesa de sala, mostrador de bellas joyas de filigrana, piezas hechas a partir de margaritas de plata fina planas y amalgamadas formando bolitas, diseños populares de joyería que complementan el traje regional yucateco femenino, ante todo los rosarios de oro.  

¿De dónde sacó estos diseños?

–Los diseños los tengo aquí, responde señalando su cabeza.

Luego habla de cuando le dieron un reconocimiento en Guadalajara, Jalisco, y otros más en la Ciudad de México. ¿En qué año? Con precisión, no se acuerda. Desde que las oficinas de Fomento Cultural Banamex le pidieron temporalmente sus diplomas para tener un registro, los bajó de las paredes y ahora ya no los tiene a mano para mostrarlos.

Menciona, sin embargo, que hace tres o cuatro semanas en el Centro Cultural de Mérida Olimpo le dieron un premio de diez mil pesos, y finalmente me señala, colgado sobre la puerta principal, un diploma que recibió hace años en Los Pinos.

–A Los Pinos entré tres veces, dos a buscar premio… Fui Primer premio en Guadalajara y en Colima en 1981… Estaban los diplomas aquí, pero vino una muchachita de Banamex y se los llevó para que les tomaran fotos. Los devolvieron, pero quién sabe donde andan.

De todos estos reconocimientos, ¿cuál le ha hecho sentir más contento?

–El primer premio de Guadalajara. Decía “un millón de pesos”, pero cuando me lo dieron ya le habían quitado los tres ceros al millón y me dieron sólo mil pesos. –Yo digo la verdad, recalca.

Antes
–continúa–, yo le vendía mucho a la FONART; me daban mi cheque y pasaba con un señor que me lo cambiaba allá mismo. Él, un día me dijo “ven a ver bandido, a dónde van tus filigranas”. Tenía allá los recibos. Compraban en Japón, Alemania,  España…

¿Y aquí, don Tato, cómo andan los precios?

–Si usted me viene a comprar a la casa, le doy el precio que pagan los vendedores en la plaza, según lo que pese. El gramo sale a 17 pesos. Hay quien da la filigrana a $20, y en algunas joyerías hasta a $45 el gramo.

¿Cuáles son las piezas menos comunes en el mercado?

–Hace poco vinieron unos italianos que vendían también filigrana, pero que no hacen cruces cuadradas. Aquí sí hacemos las cruces cuadradas, para el arzobispo, para los curas…

¿Le ha hecho alguna cruz a un cura?

–Al arzobispo, pero quién sabe a quién se las da él. Unas cruces grandes, cuadradas. Llevan 28 piezas cada cruz, imagínate. De plata, todo es de plata. El oro sí lo trabajamos, pero menos.

¿Enseñó a sus hijos a trabajar la filigrana?
 
–El más chico da clases de inglés en Umán, pero en sus ratos libres se dedica a la filigrana, tiene un tallercito. Bueno, los otros también.

¿Cómo aprendió usted a hacer filigrana?

–Tenía creo que 16 años, y empecé a pensar “¿qué vas a hacer?”. Andaba yo de aquí para allá, limpiando zapatos, que esto, que lo otro… Así que me fui a entregar a un taller. El de don Pepe Herrera. Llegué y me preguntó “qué quieres”. “Quiero aprender”, le dije. En ese tiempo tenías que ir con tu papá, con tu mamá, para que te recibieran, pero yo fui solo. Don Manuel Trejo, otro platero, me preguntó quién era mi papá, y le dije, pero mi papá era de fuera, de Málaga, España, así que no lo conocía, pero empecé a ir al taller para aprender el oficio.

El primer día Manuel Trejo me dijo “¿sabes qué es esto?”, y me señaló una escoba; así que empecé a barrer, y por ahí me encontré un billete de 10 pesos. Le dije “maestro, creo que se le cayó”… Claro, –reflexiona– me estaban checando.
Así que ahí estuve, trabajando, cuando Manuel Trejo me dijo “dedícate a la filigrana, tiene futuro”

¿Quiénes son sus principales clientes?

–Pues hay dos o tres en la plaza. Les llevo las piezas y me liquidan… Hay un muchacho que cada vez que me ve, me grita “Tato Ramos, El rey del tango”. A mí me gusta el tango desde que estoy chico... Mis hermanas me cantaban tangos viejos, más viejos que yo…

¿Toca algún instrumento musical?

–No, pero canto. He cantado en la universidad, en la casa de la cultura, en el Hotel Castellano, en la radio, pero sólo tango. Si no es tango no canto.

Así, cantando, don Tato también se ha hecho de grandes recuerdos, e igualmente hace notar que para esta pasión ha tenido que prepararse a conciencia, pues las letras de los tangos incluyen palabras del lunfardo, que tuvo que estudiar para  resolver cualquier duda sobre los significados de las canciones.

Las historias de don Tato no terminan aquí. Nos habla de sus viajes, de sus cinco hijos y de sus nietas. Por supuesto, nos canta un poco de tango… Él no quiere que nos vayamos, pero es hora de su cita y se retira para cambiarse la guayabera.