San Juan, Puerto Rico, 25 de agosto de 2008. La antesala es un olor. Un
fuerte olor a pintura en aerosol. Un olor que fumiga todos los
alrededores y que cubre el establecimiento como un manto, como un
fantasma; como a veces las presencias de vidas pasadas se manifiestan
en la nuestra. Ese olor es el mismo, quizás un poquito más tenue, que
el de los talleres de hojalatería y pintura que fueron apareciendo,
como hongos, después de la lluvia, por toda la Avenida Campo Rico.
Detrás de esa avenida crecí yo, en las aún intactas calles vecinales. A
la Campo Rico la vi transformarse poco a poco en sector comercial,
marcado por Autopartes, panaderías, tiendas de efectos eléctricos, liquors stores y uno que otro beauty parlor.
Y ese olor a pintura de laca rociada encima de bonetes y puertas
reconstruidas marcó la más temprana imaginación. Es un olor de infancia.
Adentro,
bajo implacables luces de neón, cada artista de uñas suda su
cubículo. Se nota que hace poco tiempo viven en el Caribe. Se nota, o
mejor, se intuye, que vienen de archipiélagos lejanos, tropicales
también, de islas que les tomó por sorpresa el progreso, como nos tomó
a nosotros aquí. Se nota que como yo, algunos vivieron en callecitas
vecinales, con patios sembrados de plátanos o de árboles de papaya que
poco a poco fueron cercando con siclonefence. El límite quizás estaba
marcado por una jaula de palomas o de gallos de pelea, como el de
casa. Se nota, se respira esa similaridad. No sé a ciencia cierta.
Quizás sea el olor. O tal vez sea la manera en que, tan campantes,
los que trabajan en el salón acogen en sus pulmones ese aroma entre
rancio y dulzón que poseen las sustancias químicas, o la basura, y por
esa forma desenfadada, poco "ecológica" en que se dejan arropar por
algo que de seguro les creará secreciones pulmonares, alergias y quizás
hasta células cancerosas. Es un desenfado familiar, el desenfado de
aquellos para los cuales la tecnología y el progreso son todavía
alquímicos, nuevos.
Quizás sea otra la cosa que me recuerda la infancia. Miro entre fascinada y divertida la apariencia de los que allí trabajan. ¿Serán vietnamitas, coreanos, filipinos? Hay hombres y mujeres, todos con sus caras trigueñas, de tinte amarillo, como el de la piel de un jabao boricua. Tienen el pelo negrísimo, bien recortado. Algunas muchachas exhiben una complicada cascada en permanente, con pollina lacia; otras y otros han obviamente recurrido al Blower para darle vuelta espumosa a sus melenas. Sobre sus narices pequeñas, pero redonditas al final, unos bellísimos ojos rasgados miran atentos la labor que ocupa a la mano, mientras se concentran en el pulso que mantiene fijo entre los dedos una pistolita de "airbrush". Los varones llevan casi todos camisas polo de algodón en colores pasteles- azul cielo, rosa Miami Vice. Algunos le suben el cuello a la camisa, en ese afán coqueto y varonil tan típico de los años 80. En la pared y sobre el mostrador hay una multitud de manos plásticas exhibiendo los diseños de la tienda- unicornios encabritados sobre un fondo azul en tres tonos, arcoiris, margaritas rojas con su corola dorada, los colores de la bandera Rasta con el Lion King de Zion en medio, glorioso. Hay tantos de donde escoger, tantos paisajes en miniatura. No puedo evitar de nuevo pensar en mi infancia, en los "stickers" de "Tú y yo", "Amor es" y o de peluchitos de colores que les pegábamos con la plancha a las camisetas tricota de cuello y manga color azul, y que las muchachas del vecindario nos poníamos para salir a pasear por el shopping mall. Las camisetas de palmeras, nombres de novio y atardeceres pintados con airbrush... Es como si cada uña llevara puesta una camiseta de acrílico, diseñada a la medida.
Aquí encuentro una diferencia, estos artistas de uñas trabajan lo pequeño. A nosotros en cambio, tan atentos como vivimos a la cultura de "nuestro protector del Norte", se nos ha pegado ese afán por lo gigantesco que no es propio de quien habita una isla. Pero lo demás está ahí, ese regusto por el adorno en el cuerpo, la manera en que asimilamos (como los japoneses, los vietnamitas, la gente de Hong Kong) los productos culturales de Occidente con un extraño entusiasmo. Beepers y celulares se convierten en fetiches del progreso, uñas acrílicas y contactos funcionan como los demarcadores de la belleza, no porque imiten la realidad con "naturalidad", sino por que la falsifican. Belleza es artificio. Naturales son los mosquitos y los huracanes, y las playas y los nativos que usa Turismo para atraer turistas. Natural es lo que nos distingue y diferencia del Primer mundo civilizado. Para borrar esa diferencia, hay que borrar lo natural.
Son muchos los recuerdos que guardan estas uñas de acrílico. Y muchas las historias y los ensueños fraguándose poco a poco en esos diminutos cubículos. Mirar este nuevo rito- el de "irse a hacer las uñas" me hace echarle un vistazo a la gestación de lo urbano y como la "modernización" irregular e impura que se dio y se sigue dando en el Caribe arropa nuestras infancias por sorpresa; convierte esas infancias en tecnológicas y rurales a la vez. Y también globales, porque la experiencia de la huida de "lo natural" ha marcado a muchos otros seres sobre la faz de la tierra. Este rito de las uñas acrílicas me hace acoger con más candor a mi infancia medio "charra.", nuestra infancia tercermundista a horcajadas entre lo elegante y lo vulgar, lo natural y lo artificial, lo tradicional y lo tecnológico. Me hace hermanarme con otros tercermundistas igual de charros que yo También me ayuda a entender por qué , por alguna extraña razón, me encanta andar por ahí con un unicornio azul pintado en cada uña.
Voy a ver si hago cita en el salón para mañana...
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