Homeless
Balada del Pitufo Melancólico
Las elegías están basadas en documentos pero no son documentales. Todas las elegías tienen que ver con la muerte y trato de que sean poemas fílmicos, en los que el ritmo visual reemplace las convenciones narrativas. Creo que el propósito del arte es preparar el alma para la muerte.
Alexander Sokurov
Sentado en la banca de un parque al atardecer, mirando las nubes de un cielo muy oscuro, el Pitufo lentamente alza la vista, se distrae, cree que va a llover, escucha el ruido de los autobuses, tiembla, y del cielo caen algunos pájaros. Sostiene un cuaderno muy económico, de esos que no valen ni diez pesos, y, sacudido por la epifanía de las aves, toma el bolígrafo y apunta. Rememora viejas experiencias, aventuras amorosas de incierta índole, rupturas esquizofrénicas, y tiene hambre y sed de justicia. (Tono franco, de caricatura infantil.) Hoy, en una libreta pequeña y azul escribí notas de un libro de Andrey Tarkovski, su testamento, que en versión al castellano se titula Esculpir el tiempo. El volumen ronda las 300 páginas, lo editó la UNAM y no lo terminaré pronto. La colección lleva el enfático nombre Miradas en la oscuridad. Últimamente he sido vacunado contra la literatura. Los libros me ocasionan temblores, me paralizan. Decidí que, entre el espasmo y la quietud, una película cambiaría mi estado de ánimo. Con el cine soy capaz de recuperar la inocencia. (Esboza una sonrisa.) Aún conservo la mirada virgen, los ojitos vidriosos de perro, ya que las sensaciones no pasan por el canal de las letras escritas. Golpes contundentes. Emociones secas. Pum. He visto esta película no recuerdo cuántas veces. Envidio la primera vez de algo, sea cine o cualquier experiencia estética. La primera vez de algo no da oportunidad al análisis, a la crítica, a los comentarios de especialistas. Me desagrada emitir juicios categóricos. Si pudiera, iría muy hacia atrás, y desde el primer momento, en el parto, murmuraría: “No harán que mis palabras, no harán que mi boca, no harán que mi lengua diga nada importante.” Que lo digan otros. Mi libreta de apuntes tiene ese objetivo: repetir lo que alguien más puso en papel. Yo no. Yo, al cine. (Pausa.) Déjenme respirar. Al fondo, las nubes cambian de color. El efecto es típico de las ciudades grandes; los pitufos fuman cigarros y anotan sus pensamientos en libretas azules, y ennoblecen la acción. La bestia continúa escribiendo.Elegía de un viaje (2001), de Alexander Sokurov, es una película soberbia; los preceptos de Tarkovsky cobran intensidad en sus imágenes. Con la voz ecuánime del propio Sokurov, el filme relata hechos aparentemente simples, como en tiempo real, durante la travesía por una ciudad extranjera, con rumbo incierto. La mirada del protagonista (a quien jamás conoceremos de frente; el director cuida las tomas: se lo ve de espaldas, fuera de cámara) expresan melancolía sui generis. En el desarrollo de la acción, con fondo sonoro de Chopin, Glinka, Mahler y Tchaikovsky, la melancolía existe a la segunda potencia. El documental inspira abatimiento. La pantalla ondula, como vista por ojos llorosos, y esto no es poesía, se utiliza algún recurso técnico de postproducción. En la reseña del jueves pasado, introduje al principio un epígrafe de Álvaro de Campos, heterónimo de Pessoa, sobre la desazón anímica del viaje. Debí esperar mejor momento. La decadencia moscovita, su sentido estético de la tragedia, su refinamiento sensorial, su sobrio cansancio por la vida, que recoge preguntas de orden religioso, marchan como soldaditos enfermos en la obra del gran Sokurov. El DVD incluye un segundo, fascinante trabajo acerca de un pintor del siglo XVIII: Hubert Robert, una vida afortunada (1996).Pausa violenta. El Pitufo lamenta ser elogioso y emplear la palabrería de sus contemporáneos. Le cabe en la palma de la mano un poco de tierra y se la arroja en la cara, con tal de no volver a repetir las fórmulas de sus amigos, la bola de pitufitos lamehuevos. Hoy se comprará un rifle. Continúa.El cine me hace recuperar la simpatía por el ser humano. El trabajo de Sokurov reconvierte los valores torcidos del bajo mundo –aunque el efecto sea transitorio. Recomiendo esta obra inolvidable al reo, al asesino, al muchacho que mata por diversión, al trailero que lanza hígados en los barrancos. Mi mente se deja llevar. Los artistas rusos son famosos por su dramatismo. Recuerdo la trastornada Of freak and men, de Alexei Balabanov, una orgía sadomasoquista, voyeurista y pornográfica en color sepia. ¿Música? Tchaikovsky se suicidó bebiendo un vaso de agua de la llave. ¿Literatura? Raskolnikov, personaje de Dostoyevski, era hipersensible, nervioso y homicida. Pero mató por una buena causa. En Esculpir el tiempo, Tarkovsky señala que el arte no hace mejores a las personas. “Es obvio que el arte no puede enseñar nada a nadie, ya que en 4 mil años la humanidad no ha aprendido nada. Hace mucho que nos hubiéramos convertido en ángeles si hubiéramos sido capaces de prestar atención a la experiencia del arte y de permitirnos a nosotros mismos el ser cambiados de acuerdo a los ideales que expresa. El arte sólo tiene la capacidad de hacer al alma humana receptiva a la bondad a través de la conmoción y la catarsis. (…) El arte sólo puede alimentar –conmocionar, conmover, ocasionar– una experiencia psíquica.” En cuanto al que produce las obras, al autor intelectual de los asesinatos, por decirlo así, la postura de Tarkovsky es clarísima. “¿Cuál es la esencia del trabajo de un director? Podríamos definirla como la de esculpir el tiempo: así como un escultor toma un pedazo de mármol y, consciente en su interior de los rasgos que tendrá su obra ya terminada, elimina todo aquello que no sea parte de la misma, así también el cineasta, a partir de un “pedazo de tiempo”, hecho de una enorme masa de hechos vitales, corta y deshecha lo que no necesita, dejando sólo aquello que formará parte de la película terminada, aquello que resulte parte integral de la imagen cinematográfica.” Pitufo checa la hora. Su estómago murmura que todo tiene un final. Noqueado por la experiencia interior, suelta la pluma y escribe la Balada del Pitufo Melancólico. A las 7:50 de la noche, abandona la banca del parque sumido en una honda depresión. Mañana se dará cuenta que olvidó su cuaderno. Jamás podrá recuperarlo. Música: How to disappear completely, de Radiohead. (En tono mordaz.) Y se supone que iba a quedarme callado. Elegy of a voyage / Hubert Robert, a fortunate lifeAlexander SokurovIdeale Audience, 2007
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