 Homeless Cuestión de método
Álvaro de Campos decía que todas las cartas de amor son ridículas.
Hace poco vi La pianista. No sé cuántas veces la he visto ya. Pero la
escena en la que Walter Klemmer lee la carta que Erika le ha entregado
con sus peticiones sexuales me sigue dejando un sabor agridulce. Y
recordé a Pessoa y los amores imposibles que mantenía con Ofelia
Queiroz, su prometida. El amor es imposible en la poesía, en las cartas
y en La pianista. Erika Kohut lo aprende a golpes, lo aprendí yo, lo
saben quienes han amado sin ser correspondidos (y quienes coquetean con
el sexo opuesto en sus poemarios). Lo anterior no viene a propósito de
nada.
La música irremediablemente termina, el poemario de Víctor Roura,
pasó por mis manos dos veces. La primera vez –frase tan adecuada en el
vocabulario amoroso– se lo llevó una amiga. No lo leí completo; espero
que ella sí. La segunda vez fue distinta. Fue mejor, supongo.
Inolvidable, ciertamente. A pesar de que me cuesta un trabajo enorme
acceder a textos de estirpe romántica, por una especie de traba
literaria de la cual no me voy a curar porque la cultivo
sistemáticamente, Roura escribe del amor a las mujeres con una técnica
efectiva, sin caer en el ridículo del escritor enamoradizo.
Porque a Roura los años (ya pasa del medio siglo) le brindan la
sensatez que otros pierden después de la cincuentena, ¡y aun antes! Es difícil enamorar a las mujeres con poemas, dejemos eso en
claro. En general, es difícil la poesía, son difíciles las mujeres y,
sobre todo, la claridad en el lenguaje. Roura conquista las tres
dificultades máximas, y esto, señores, merece un brindis. Una copa de
vino, leáse algo del poeta con vino:
§ Una vez, mientras bebíamos una copa, mi amiga detuvo su
plática. “¿Te gustan mis senos?”, preguntó. “no hay nadie a quien
pudiera no gustarles”, dije. Con su aquiesciencia, rocé por unos
segundos su pecho. Luego, con la excitación desgranada, continuó con su
charla como si jamás hubiese pasado nada entre nosotros. Ni una palabra
sobre el asunto, ni una insinuación, ni una rememoración.
La música irremediablemente termina, un poemario compuesto por
siete ritmos musicales –blues, bolero, huapango, rock, sonata, soul,
arrullo– y un a capella, tiene algo de carta amorosa, pero sin los
exabruptos adolescentes de las canciones superfluas. Seriedad por
favor. Roura escribe con técnica de guitarrista afinado. Conoce las
reglas del oficio, sus improvisaciones llevan una estructura sonora
palpable, un tempo sosegado y maduro. La misma madurez anima en el
autor las reflexiones sobre el paso del tiempo, la soledad, los amigos
y la nostalgia. Cuestión de método. Si Erika Kohut hubiera
intercalado algunos de estos poemas en su carta de amor, habría
recibido mucho más que una golpiza, estoy seguro.
La música irremediablemente termina
Víctor Roura
unas letras industria editorial/Ayuntamiento de Mérida (2008)
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