 Caminar por caminar Sin ver
Al pensar en la deslumbrante vida de Ray Charles cambia mi estado de ánimo en un dos por tres. Me alegra.
Cuenta la leyenda que para saber qué tan bella era una mujer le tocaba y acariciaba las manos. Quizá en su esbeltez y la suavidad de la piel descubría el grado de enamoramiento a que podía llegar con cada una. No las veía.
Ray Charles perdió la vista a los 7 años de edad, vivió hasta los 73 y su talento brilla aún por todo lo alto. No tengo ningún CD suyo. ¿Cómo es posible?
Anoche se me oscureció completamente la existencia por una hora. Pude percibir la intensa negritud que quizá es la constante para los invidentes. No me vendaron los ojos, sino que entré en su mundo, como me hizo saber Julia, la mesera que me dio la bienvenida en La Vie en Noir, original restaurante en el que la especialidad es comer y beber a ciegas.
No existen muchos lugares como éste en el mundo, y Mérida fue elegida para implantar aquí el experimento. La idea fue de Serge Vermette, empresario canadiense que, en el lobby, —bajo un tenue neón— da la bienvenida junto con Janeth, su esposa.
Hay dos guapas mujeres en la barra a cargo de los tragos. Ellas se encargan también de tomar la orden. ¿El menú? De lo más exquisito. Serge recomienda la pechuga de pollo al estilo griego; viene rellena de pimientos y queso camembere bañada en salsa de carne. Su guarnición es col de bruselas con alcachofas salteadas.
Ricardo Hernández Martínez es el chef ejecutivo; vino de Miami, y yo lo conocí a través de su Sopa de mariscos.
Con el menú frente a mis ojos, tuve miedo de pedir entrada, plato fuerte y postre a pesar de que iba muy decidida a probarlo todo. No sé por qué al pisar la recepción me entró cierto temor de comer sin ver mi plato. Entonces, pensé, ¿qué puede haber más sencillo que un plato de sopa? Evidentemente, la copa de vino, no podía faltar.
Julia me pidió que apoyara mi mano izquierda sobre su hombro izquierdo. Así introducen a los comensales a esta experiencia; la luz se queda afuera. Antes de entrar escuchamos la petición de apagar el celular para evitar caer en la tentación de alumbrarnos con su luz. Igual, por supuesto, se hace énfasis en no usar cámaras fotográficas al interior.
Tres gruesas cortinas negras dividen la atmósfera común y corriente de la extraordinaria placidez de quedar a oscuras. Sin ver.
Resulta difícil caminar hasta la mesa, cierto, pero sólo son unos pasos, y la mesera cumple su papel perfectamente. Logra su misión: hacernos sentir en confianza. Se vuelve una guía.
Cuando llegué había gente en las otras mesas, y a pesar de la música su conversación parecía bastante subida de volumen, quizá es la impresión o, como dicen, al no contar con un sentido, los otros se avivan. Puede ser.
Por instinto, bajé la mirada en varias ocasiones; no sé por qué, pero recuerdo haber visto a los ciegos hacer este mismo gesto.
Jamás perdí la paciencia y gocé plenamente el sabor de mi sopa y el vino, una copa de Carmen blanco exquisito que Julia me entregó directamente en la mano.
La Vie en Noir despierta el apetito... El menú es genuino de la cocina gourmet. Aquí, el paladar agradece, realmente, esa sensación de llevarse la cuchara a la boca y descubrir que todo está en su punto exacto. ¡Éxito a La Vie en Noir!
Se encuentra en el edificio del Hotel Fiesta Americana con entrada independiente en la esquina de la Calle 60 y Avenida Cupules. Teléfono: 2 52 71 71.
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