Después del eclipse de luna…
Veía el eclipse de luna desde la ventana del estudio de una amiga en la colonia Narvarte, en el D.F. cuando me entero que al día siguiente, o sea el jueves, se abría al público la Feria del Libro del Palacio de Minería.
—Magnífico, dijo mi amiga. Rápidamente sugirió que nos levantáramos a las 7 para que pasáramos todo el día en el Centro.
Encantada de la vida (como diría mi papá). No lo dije, pero lo pensé.
A las 8 desayunamos en casa unos riquísimos tamalitos oaxaqueños que mi amiga compró al salir por los periódicos.
El taxi nos dejó en la calle 16 de Septiembre, a las puertas del Palacio de Gobierno del DF. Íbamos directo a ver Ashes and Snow, exposición de fotografías de Gregory Colbert en el Museo Nómada que ocupa casi medio planchón del zócalo, pero a las 9 había demasiada cola y el acceso a la muestra nos tomaría mínimo dos horas, por lo tanto decidimos evitar esa molestia, ante todo porque queríamos sacarle el máximo provecho al día y, en segundo lugar, porque la instalación del museo perdurará hasta el mes de abril.
Entonces nos cruzamos hacia el Monte de Piedad. Entramos a la joyería que está en Madero. Había anillos de 40 mil pesos, perlas legítimas engarzadas en collares de $9 y 10 mil pesos, y, entre las cosas más baratas, relojes de $700. Nuestro plan no era comprar sino conocer el ambiente, claro (decir que íbamos a empeñar algo no deja de causarme cierto rubor). Así que entramos decididas a “observar” y nos formarnos en dos filas diferentes para ver cómo nos iba con los valuadores. El ardid: un juego de aretes.
Aquí, en medio de las gruesas columnas de piedra y los gruesos cristales de las ventanillas, se me destapó la curiosidad por la astucia del despachador ante las joyas y su veredicto final ante los clientes ansiosos; unos y otros en actitud retadora: “Yo te doy y tú me das”.
Realmente no llegué a vivir esta experiencia frente a frente, pues mi papel en esta “investigación de campo para un reportaje” era hablar con la clientela (la mayor parte de las personas que empeñan son mujeres jóvenes, sobre todo) de la fila más larga, o sea la de la ventanilla 3, donde al parecer estaban ofreciendo más dinero a cambio de las prendas.
Eso aprendí. El dinero ofrecido depende del criterio del valuador. El reto es conocer el carisma de cada uno y apostarle a su buena voluntad para salir de un problema. Doy por hecho que quien empeña tiene urgencia de dinero.
Desde luego, para algunas gentes el recurso de desempeñar para volver a empeñar es pan de todos los días, y eso es perfectamente comprensible en casos de desempleo o severa crisis económica.
Me formé atrás de una señora que leía. No despegó la vista de su libro hasta que yo, con expresión de “qué lento avanza esto” le dije: Menos mal que usted viene preparada. A lo que ella respondió: Tú también traes qué leer, y con los ojos señaló mi portafolios transparente.
Seguí con mi tarea. Le pregunté a la señora que estaba detrás de mí si era asidua del lugar y respondió que sí. Su hermana estaba sacando del empeño unas joyas de oro para volverlas a dejar en prenda. Las sacaron de unas bolsitas de plástico engrapadas.
Mi otra compañera de fila se distrajo de nuevo de su lectura cuando el señor que estaba delante de ella le pidió que le cuidara el lugar porque iba a ver cómo le iba en otra ventanilla. Vendría, por supuesto, a reportarle su suerte inmediatamente. Es el tipo de solidaridad que se da en el Monte. La información corre rápido, y si hay buenas noticias de lo que sucede en una ventanilla, la gente cambia de fila. Rápido corre la voz cuando un agente está siendo más generoso con sus ofrecimientos de dinero.
Nada. A mi amiga y a mí nos frustró pensar que saldríamos con dos pesos en la bolsa y sin aretes. Entonces, ¿para qué íbamos a la Feria del Libro? Si ni dinero teníamos…
Nos importó poco. Fuimos de todas maneras. Nos hicieron descuento en la entrada porque mostramos credencial de periodistas. Pagamos 10 pesos cada una y a recorrer pasillos… A mi amiga le autografiaron una novedad académica (del Programa de Estudios de Género la UNAM) y a mí me obsequiaron un libro sumamente especial: La otra mujer, de Ann O´Leary, una escritora australiana que publicó por primera vez esta novela de corte lésbico en 1955.
La historia gira alrededor de mujeres exitosas y sensuales que juegan críquet y preparan comidas y cenas suculentas. Empecé a leer el libro en mi avión de regreso a Mérida, y como la portada es bastante sugerente, cuidé que nadie me viera, aunque la verdad es que me sentía muy orgullosa con mi libro porque es la primera vez que me encuentro con una novela publicada por una editorial que está expresamente dedicada a la comunidad homosexual, y por el gusto de que el nicho de mercado no sea tan cerrado y las promotoras de esta casa editora española hayan tenido a bien obsequiarme un ejemplar.
O sea que gracias a mi amiga del D.F. y gracias a Salir del Armario ese jueves en el Centro Histórico fue, de verdad, inolvidable. Desde el Monte de Piedad hasta el Palacio de Minería, ¡el puro lujo!, y eso que no he dicho nada de la magnífica arquitectura de cada uno de estos lugares y los edificios que admiramos entre uno y otro… o el tequila que nos tomamos, o el precioso reloj de pulsera que adquirí en un puesto ambulante a 70 pesos…
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