Andanzas eusebianas A quién pertenece el corazón de una mujer
“Niña, aquí dice que cuando seas grande serás ola, y vas a casarte con el mar”, le dijo alguien al oído, aquella vez que la tarde languidecía en el corazón del poeta. Pero la historia es larga, no en el ánimo del poeta sino en los sueños vueltos palabras que aquella niña ha arrancado del alma de los hombres, de los que han permanecido a su lado y de quienes la han visto cruzar la calle. De su padre, que veía en ella la princesa capaz de ofrecer dulzura y piedad. De sus hijos, que se admiran de que todo mundo le sonría y vuelque en ella su ser. De los maestros que han puesto en aquellas manos surcadas de caminos hacia el paraíso su conocimiento de la insondable poesía. De los hombres de a pie, de los acechantes, de los noctívagos; de los músicos, que conmueven; de los que bailan; de los que se carcajean; de los que venden flores y tocan el órgano en las iglesias, aunque sólo un feligrés los escuche; de los que no tienen más que decir; de los que miran para abajo; de los que pintan óleos; de los que tallan la piedra, con la intensidad de los niños que tallan la plastilina; de los que miran los atardeceres hasta cansar los ojos, tirados en aquella parte de la playa, equidistante de la vida y de la muerte; de los que pronuncian el nombre de ella entre dientes, como si se avergonzaran. De los que prefieren callar mientras otros hablan. De los que alquilan el corazón como si alquilaran una bicicleta. De los que en su flacura recuerdan los perros famélicos. De los que se orinan en la tumba de sus progenitores. De los lectores de la mano, que son los lectores de poesía. De los carniceros, que salen a la calle en su mandil salpicado de sangre, que en algo evoca a los señores del Santo Oficio —graciosos para unos, taciturnos para otros. De los que esperan. De los que confían y esperan, como quería Alexander Dumas. De los que ven en sus ojos instrumentos de amor.
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