Todos tenemos una madre de la cual no dejarnos
Es tu mujer, tu hermana mayor, tu tía o tu maestra. Pero todas las mujeres se apropian de nosotros. Nos corrigen, nos intimidan, acaso nos dejan ver el nacimiento de sus senos, o su ropa interior colgada en el baño. Por el menor pretexto se sienten excluidas, o heroínas, y, cariñosamente, con la mirada en blanco y el corazón hecho trizas, nos recuerdan lo difícil y terrible que es tendernos la mano. Son nuestras dueñas, y somos de ellas, exactamente como lo es un auto, un cuchillo, un cepillo de dientes —aun la mascota más anodina goza de mucha más independencia. Basta con una mirada para que las obedezcamos. Todos alrededor entienden esta sujeción. Y nadie se queja. O se rebela —para caer en otra. Aun la más baja, abyecta y desalmada prostituta es nuestra madre. Y le daremos una madre a nuestros hijos.
|