Corro el riesgo de enamorarme
Soy de los que miran fijamente a una mujer. De mesa a mesa se tiende toda una red de comunicación que envidiaría una multinacional especializada en entrelazar continentes. Ella está ahí, diciéndome sí con la mirada no con la mirada. Cruza la pierna y atisbo un muslo blanco y carnoso por abajo de la seda. Acaso no hay más que un par de metros de por medio, y yo no despego la vista de sus labios. Son gruesos, jugosos, pareciera que todo el tiempo recién han bebido agua fresca y refrescante. Ignoro el tono de su voz, sus preferencias y aversiones, la acidez que despide en los instantes de amor y sabiduría y que puebla su pubis de pigmentos luminosos. Ignoro aquel elemento cálido que acentúa el vaho de toda mujer divina, pero ahora subo la mirada y descubro en sus ojos el mensaje secreto.
|