La lencería
Se desea más a una mujer ataviada de fina lencería, que sin ninguna prenda encima. Ignoro en dónde está el misterio, pero aquellos senos sujetos por el negro, aquella tanga que oculta al mechoncito de pelo rubio, de pelo rojo como un atardecer de cara al Pacífico, de pelo ámbar, sólo visible para los hiperestésicos, aquellas prendas quitan el sueño más que quince tazas de café de Colombia, vuelven claro y límpido lo que antes era turbio, y suave y terso lo despiadado. La lencería la inventaron los hombres, y complacer más a un hombre que a una mujer acaso sea su cometido. La lencería la inventaron los dioses para multiplicar la especie, y hacer del coito un acontecimiento estético, fuente de todas las artes, madre de todas las sensaciones. La lencería no habrá de ir más allá, de lo que una estela de perfume deja en la nariz del hombre educado. De esa hay que comprarle a la esposa del mejor amigo.
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