El espejo Para Amélie Olaiz
Todas las mañanas me miro al espejo. Todas las mañanas una sensación dolorosa me estremece. Gran Dios, no acepto la imagen que el espejo me devuelve y sin embargo está ahí. La de un hombre derrotado sin nada que ofrecer a él mismo ni a nadie que lo rodee, ni siquiera a su mascota en quien de pronto cree atisbar cierta comprensión. Vuelvo la vista, pero la mirada del espejo es insobornable. Hasta lo huelo. Ahí no hay más que alcohol, escombros, pesadumbre. Se pagaría mucho más por un costal de papas en cualquier mercado de esta ciudad. Pero no es eso lo que me duele de veras, ni lo que más aflige mi corazón. Es el niño que aún alcanzo a distinguir en esa cara abotagada e inerte. En esos ojos acuosos, de expresión estúpida. Es el brillo infantil en esos ojos amarillentos. Es un dejo de inocencia en esos ojos a punto de estallar en lágrimas. ¿Dónde quedó ese niño? ¿Cuándo empecé a traicionar esa alma cuyo escondrijo era mi corazón? ¿De verdad no tengo remedio?, parece preguntar lo poco de inocencia que yace en mí. ¿De verdad esa calavera me acompañará el resto de mis días?
|