Poemas de Eusebio Ruvalcaba
Una madre se arrepiente de ser madre
Ve a su hijo crecer. Ve a su hijo sufrir —injustamente según ella. Lo ve devastarse perderse en la ignominia y la traición. Lo ve a mitad de la calle llorando con el corazón escurriendo bajo la lluvia implacable. Una madre ve eso. A su hijo fustigado y dolido como un perro hambriento. Una madre ve eso y se arrepiente de haber sido madre. Quisiera regresar a su hijo al interior, al sitio de donde vino.
A quién pertenece el corazón de una mujer
“Niña, aquí dice que cuando seas grande serás ola, y vas a casarte con el mar”, le dijo alguien al oído, aquella vez que la tarde languidecía en el corazón del poeta. Pero la historia es larga, no en el ánimo del poeta sino en los sueños vueltos palabras que aquella niña ha arrancado del alma de los hombres, de los que han permanecido a su lado y de quienes la han visto cruzar la calle. De su padre, que veía en ella la princesa capaz de ofrecer dulzura y piedad. De sus hijos, que se admiran de que todo mundo le sonría y vuelque en ella su ser. De los maestros que han puesto en aquellas manos surcadas de caminos hacia el paraíso, su conocimiento de la insondable poesía, y de la siempre trágica palabra escrita. De los hombres de a pie, de los acechantes, de los noctívagos, de los policías que de la ternura pasan a la violencia; de los músicos, de los que bailan, de los que se carcajean, de los que venden flores y tocan el órgano en las iglesias, aunque sólo un feligrés los escuche; de los que no tienen más que decir, de los que miran para abajo, de los que pintan óleos, de los que tallan la piedra, con la intensidad de los niños que tallan la plastilina; de los que miran los atardeceres hasta cansar los ojos, tirados en aquella parte de la playa, equidistante de la vida y de la muerte; de los que pronuncian el nombre de ella entre dientes, como si se avergonzaran. De los que prefieren callar mientras otros hablan. De los que alquilan el corazón como si alquilaran una bicicleta. De los que en su flacura recuerdan los perros famélicos. De los que se orinan en la tumba de sus progenitores. De los lectores de la mano, que son los lectores de poesía. De los carniceros, que salen a la calle en su mandil salpicado de sangre, que en algo evoca a los señores del Santo Oficio —graciosos para unos, taciturnos para otros. De los que esperan. De los que confían y esperan, como quería Alexander Dumas. De los que ven en sus ojos instrumentos de amor. De los que caminan a gatas para no perturbar su pasado. De todos ellos, de los innombrables, de los que no merecen perdón, de los que no vale la pena hablar. De todos ellos es el corazón de esta mujer.
Ese hombre soy yo
¿De verdad las grandes batallas existieron? ¿De verdad los hombres se han matado entre sí, por la gloria o el amor? ¿De verdad existen los ideales? ¿Hay gente idealista? ¿De verdad esos hombres han avanzado entre las huestes enemigas, abriéndose paso entre la sangre, el fuego y el filo de la espada? ¿De verdad han existido esos hombres? ¿De verdad ha habido hombres héroes y nobles? Yo lo dudo. Es ficción. Imaginación escritural y cinematográfica. Yo conozco al cobarde y al pusilánime, al que enloda sin ningún empacho su nombre, a quien las hazañas no le dicen nada. Ése es el hombre que trato todos los días. Ese hombre soy yo.
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