El corazón de la noche
I
El corazón de la noche está donde tú estás, aun bajo el espléndido sol. Los protagonistas de la noche registran su firma en el aire, como lo haría en el papel el huésped que espera salir a la mañana siguiente. Los protagonistas de la noche saben que al despuntar el día serán nada. Nada de nada, como sólo puede serlo un grande hombre. Pero ellos son pequeños. Los habitantes de la noche son enanos que crecen en la oscuridad. Su rostro ha incubado las huellas del tiempo. Del desastre. Si se observa con atención el corazón de la noche, se le advertirá comido a dentelladas.
II
El corazón de la noche está donde tú estás. Los protagonistas de la noche habitan tu sangre. Refulgen en brillos que astillan los ojos. Parecen metálicos, con mercurio en vez de sangre. El corazón de la noche semeja un gran trozo de carne herido por un perro. Huele a axila, el corazón de la noche. A ese olor tuyo, cuya sola evocación violenta esta página.
Unos tragos contigo
No se me ha hecho beber unos tragos contigo. Mejor. Quizás mejor. ¿Qué pasaría, si acaso habría de pasar algo? Me tomaría dos rones, o dos whiskys, o dos vodkas, o lo que fuera. Y entonces me sacaría el corazón y lo pondría al centro de la mesa. Tú lo observarías detenidamente y preguntarías: ¿Quién lo ha lastimado así? Preguntarías eso con tu vaso de whisky en la mano. Preguntarías eso y volverías la vista hacia otro lado. Le mostrarías al mesero tu vaso vacío. Nada hay más importante que eso. Soy el primero en reconocerlo.
Todas las mujeres son mi madre
Soy experto en llorar delante de las mujeres. No hay antes ni después, pero todas las mujeres son madres. Bebes un trago con ésta, bebes un trago con aquélla, y de pronto las lágrimas sobrevienen. Como cuando se rompe el grifo del lavabo. Entonces aquella mujer se apiada de ti, se compadece de tu frágil naturaleza, y su corazón —ese duro, artero y cruel corazón— se reblandece —¿has visto el corazón de un venado?, es igualito—, y aquella dureza se torna dulzura, y, aquella incomprensión, amor espontáneo, besos en la oreja colmados de ternura y paciencia. No hay mujer que resista este embate. No están preparadas para eso; capacitadas, sí. Todas las mujeres son mi madre. Chicas o mayores. El siguiente paso es mostrar fortaleza. Aquella mujer es tuya. Llévatela.
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