En el Negresco
Para Marisol, por su paciencia
Estoy rodeado de mujeres hermosas. Algunas pesan 90 kilos, otras miden uno cincuenta y tres de puntitas. Pero todas tienen en la mirada un dejo de piedad de misericordia por este atroz bebedor de tequila blanco. Nada viene a mi cabeza en estos momentos salvo la decepción. La mujer que amo no es mía y yo mismo no soy de mí. Mi lugar está en la cloaca, en esa maravillosa alcantarilla que es subterfugio. Por eso estoy aquí. A la espera de que un alma piadosa se siente a esta mesa, pida un tequila doble y me inocule cierta alegría de vivir. ¿Es mucho pedir para hombre alguno?
La piel del deseo
Para Margarita Cerviño
Es una película. El título de una película. Pero hay algo que la diferencia de todas las demás películas. Que le gusta a ella. Que ella la ha visto como dos mil veces y la lleva incrustada en el corazón, como un tatuaje, o la cicatriz de la mordida de un perro, o de una quemadura de plancha. Se trata de un hombre y una mujer, como debe tratarse toda historia que se respete. De un hombre y una mujer que sufren porque quieren amarse y no lo pueden hacer. Son incapaces de consumar su amor, pero se aman. Es su película favorita, y si bebiera cerraría los ojos y afirmaría que fue hecha para ella. Y todos lo creerían.
Tratado del inútil
¿Sabes lo que hay en esta casa? El recuerdo de un gran hombre. Porque engañó a todos. Les hizo creer que iba a ser un grande, que cuando el tiempo pasara su nombre sería recordado y venerado, como se recuerda y se venera una reliquia. Pero los engañó, a todos. Los engañó como a novias de pueblo. Porque así es él. No esperó que pasaran veinte, treinta o cincuenta años, menos aún que su obra fuera publicada en tantos idiomas como lenguas hay. Él —él, él— los engañó en vida. He ahí su mérito. No ser un grande. Pero engañarlos en vida, tiene su chiste.
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