Andanzas eusebianas Dos lunares
Para Jacinto Silva
Mi mano derecha tiene dos lunares en el dorso. De niño, ni siquiera de adolescente, los tuve. O tal vez siempre los tuve y nunca los había visto. Me veía la mano y no los veía. Nunca los vi. Esta mano derecha no ha hecho grandes cosas. Más bien ha hecho cosas pequeñas: masturbarse, escribir unas cuantas y fallidas líneas, humedecer el sexo de una mujer, prepararse un trago, decirle adiós a una novia tras la ventanilla de un camión. Esta mano derecha también ha servido de visera para protegerse del sol, y le ha hecho la parada a un taxi una tarde de lluvia. Pero también ha tomado de la mano a un niño, ha estrechado la mano de un anciano; pero yo pienso, de veras pienso esto, que por lo único que realmente esa mano, esa mano vieja, casi tullida, casi podrida, casi tumefacta, a unos cuantos pasos de la putrefacción, esa mano alguna vez irreverente, siempre cortés, siempre débil, siempre extendida, esa mano, por lo único que vale es por esos dos lunares. El principio y el fin de su vida.
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