Andanzas eusebianas El rompimiento
Para Alejandra Palomino
Lo único que fortalece una relación es la expectativa de que todo aquello se lo lleve el diablo. No son los hijos, la pobreza o la abundancia compartidas. Se vive esperando eso: registrando con la paciencia del erudito medieval todos los errores, las infidelidades —reales o cultivadas en los miasmas de la imaginación—, las miradas en cuyo centro brilla el punto luminoso del odio, la lectura de las manos hecha por gitanas de pechos generosos, escotes pronunciados, anillos y pulseras de oro y labios gruesos y perlados de gotas de saliva húmeda y tibia. El mantenimiento de esta incertidumbre hace al amor soportable. El nervio de la mujer se endurece y se torna flexible. El pulso del varón se acelera y su alma se serena. Cuando finalmente el rompimiento sobreviene —no podía ser de otro modo; sólo los zafios no sufren este feliz tránsito—, aquellos seres quedan vulnerables, expuestos a la vida como el peñasco al embate del mar.
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