Andanzas eusebianas Enrique González Rojo u Homenaje a la metáfora (y II)
Supe que por encima de la sintaxis y la métrica él se arrodillaba delante del poema desgarrado. Supe, en una palabra, que a la mujer divina anteponía la mujer cuajada de —cosa rara— lágrimas. Fue palpable, para mí, la dulzura, la bondad, la meditación de la vejez en aquel Enrique que viera yo tan dueño de sí mismo —y a cuya imagen siempre aspiré. No es que Enrique diera a torcer el brazo de su furia, ni que encerrara en el baúl de los recuerdos los labios de la mujer amada. No, más bien, simple y llanamente, así de cruda es la poesía. Supe que Enrique estaba hecho de lo que estamos hechos todos: de un tanto cuanto de migajas y otro tanto de melcocha. Y que de él podía esperarse lo mismo que de mí: la inacabable sonata del silencio.
|