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Eusebio Ruvalcaba
Enrique González Rojo u homenaje a la metáfora
Eusebio Ruvalcaba
Andanzas eusebianas
Enrique González Rojo u homenaje a la metáfora

I Parte


Lo espiaba mientras se ponía a escribir.
Ah, cómo me sorprendía
que, al calor de la mano,
del roce sobre el papel,
brotaran de su pluma saetas encendidas.
Digamos aforismos ígneos
que iban a dar,
con la puntería de un dardo estratégico,
al blanco inviolable
del corazón más cercano.

Lo espiaba mientras él leía tan quitado de la pena
en el sillón más grande de la sala.
Le quedaba enorme, por cierto.
Sus piernas colgaban como las de aquellas muñecas
de trapo que suelen despertar de su sueño
a la compasión humana.
Pero qué feliz se le veía mientras devoraba
página tras página.
Todos en la casa sabíamos que ahí se anteponía
la razón al sentimiento.
Porque si desde el patio lo llamaba a gritos
la sospechosa cofradía del juego
él prefería cerrar los puños de la aventura
y dormir con el libro
bien acurrucado en el regazo del deseo.

Estoy hablando de mi hermano Enrique,
el mayor.
El que me cargaba de los adjetivos y así me llevaba
hasta el horno mismo
donde se cocía el pan de la palabra.
Estoy hablando de mi hermano Enrique
a quien veía sumergirse
en un océano de ideas para mí
inextricable.
Océano del que sólo volvía
—con estrellas de mar adheridas a los ojos—
cuando la red de la pasión
lo sacaba a flote.

Porque cómo le gustaban
las mujeres.
Veía en cada una la mujer de su vida.
En una descubría los ojos de Ana Karenina,
en otra las manos de Klara Schumann,
en aquélla la mitomanía de Madame Bovary,
en ésta el silencio de la Dickinson.
Las enaltecía, las halagaba,
las tocaba, en fin, con delicadeza y finura,
como se tocan las partes más delicadas de
Johannes Brahms.

Pues una sola y misma cosa era que mi hermano
Enrique
escuchara pronunciar el nombre de Brahms,
o el de Mozart, o el de Beethoven,
o el de Schubert, o el de su camarada Schumann,
y todo él se volvía
una llave de sol.
Se hacía uno con la música
hasta que alguien optaba por ponerle una sordina.
Estoy hablando de mi hermano Enrique, el mayor.
Siempre firme, pronunciado, convencido.
Lo veía ahí, ensimismado en sus pensamientos.
Agazapado tras la trinchera de sus convicciones,
esperando el momento para saltar sobre la idea
reblandecida.
O la acción injusta, lo que primero ocurriera.

Pero —quizás por no despertar a la fiera de su ira,
o a la gata melosa de la decepción—
el suyo fue un árbol que nunca me atreví a trepar,
y menos a lanzar piedritas desde arriba.
Era un árbol de a deveras. Un arbolote.
Sin fracturas, sin quiebres, sin un corazón
escrito en su tronco.
Un árbol desde el que ciertamente cantaban
los ruiseñores, hacían su nido de percusión
los pájaros carpinteros.
Tejían su mejor verde las agujas del follaje.
Pero era un árbol inabarcable
—a cuyo lado el del Tule de Oaxaca era cosa de risa.
Hasta que envejeció.
Entonces me atreví a tallar su corteza.
Y vi lo que tenía que ver.
Supe que él, como todos,
mi hermano Enrique, el mayor,
arrastraba un costal de penurias.
Que en el fondo no era más que desdicha y sufrimiento.
Supe que la sangre se le estaba yendo
en una hemorragia de atardeceres,
aunque mantenía impertérritas sus luchas
con el Señor que está allá arriba y que todo
lo ve y todo lo sabe.
 

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