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Eusebio Ruvalcaba
Higinio Ruvalcaba (II)
Eusebio Ruvalcaba
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Andanzas eusebianas
Higinio Ruvalcaba (II)


II

¿Primero fue mi padre,
o primero fue violinista?
Si nos atenemos a las estadísticas,
él nació violinista en 1905,
en un pueblo perdido en el horizonte
de Jalisco.
Si nos atenemos a las primeras comuniones,
la mía fue en el mes de septiembre de 1961
cuando cumplía diez años de edad.
Ahora que evoco mi niñez,
siempre anduve trepado en sus hombros.
Me levantaba con una sola mano
y me depositaba atrás de su nuca, tan fácil
como si yo pesara menos que una pluma.
Qué maravilloso era ver el mundo
desde ahí.
Todo se podía venir abajo
y sin embargo nada me podía pasar.
Exactamente lo mismo sentía
cuando me hacía caballito en sus rodillas,
recorríamos el patio en bicicleta
—él en bicicleta, yo en carro de pedales—,
o me tomaba de la mano para cruzar la calle.
También jugábamos frontón.
Qué duro le pegaba a la pelota.
Parecía como si cada golpe fuera el último de su vida.
Tal vez porque había sido basquetbolista,
gimnasta y boxeador
—tengo una fotografía en la que posa desnudo
de la mitad de la cintura para arriba;
sus bíceps semejan dos protuberancias metálicas.
Guardo más recuerdos de mi infancia
a su lado.
Por ejemplo, cuando lo oía tocar.
Cuando tocaba con mi madre, o con el cuarteto.
Los nervios parecían destrozarme en los conciertos.
Siempre creía que se le iba a olvidar,
que en la última nota todo se le olvidaría
y aquello se lo iba a llevar el diablo.
Porque estudiar, lo que se llama estudiar,
jamás lo oí hacerlo.
Todo se lo sabía de memoria
—cuando se concentraba manejando
en realidad iba estudiando: “No me interrumpas,
que estoy estudiando”, decía.
Siempre supo lo que era.
En él la música era natural
—o sobrenatural, debí haber escrito;
acaso un milagro, a veces pienso eso—,
la música, digo,
le escurría como a otros hombres les escurre el sudor.
Todo su ser estaba impregnado de música.
Sus ojos eran música,
su corazón era música.
Oía la música y su cabeza daba un giro
hacia aquella fuente de sonido.
Exactamente como cuando un perro
escucha los pasos de su amo.
Entonces se quedaba callado.
Mi padre oía la música y entraba
en una suerte de trance.
Ninguna otra actividad humana lo absorbía tanto.
En el estuche del violín traía cosas.
Una estampa de la virgen de Guadalupe, otra de la virgen
de San Juan de los Lagos, una más de la virgen de Zapopan,
y una de Talpa.
Estas tres últimas, vírgenes jaliscienses;
que se veneran en Jalisco, quiero decir.
Jalisco estaba de cuerpo entero en el corazón
de Higinio Ruvalcaba.
Llegaba a Guadalajara
y de inmediato sus amigos lo paseaban.
Él respondía con música.
Se hizo costumbre que tocara dos conciertos
por sesión: el viernes dos,
al siguiente viernes otros dos.
Cuatro conciertos en quince días:
digamos Mozart y Brahms en el primero,
Wieniawsky y Beethoven en el segundo,
o Max Bruch y Chaikovski,
o Laló y Paganini.
Dos y dos, los que fueran.
Respondía al amor de sus amigos
con música.
Era como si estuviese imposibilitado de decir
palabras de cariño, y esa carencia la supliera con el violín.
Aunque a veces, muy raras veces, contadas veces, combinaba
las dos cosas.
La palabra y la música.
“Nada más porque quiero tanto a mi amigo Juanito,
le dedico el Capricho Vasco de Sarasate”,
tengo por ahí grabado en una cinta.
Lo dijo en Mérida, su segunda tierra.
Sus ojos eran verdes,
verdes grisáceos, como el color de los charcos,
de algunos charcos,
y parecían suplicar más que mirar.
Como los charcos.
Quién sabe cuántas cosas habrá suplicado de niño.
Tal vez que lo dejaran jugar un poco,
que a un niño no le basta con  tocar en los mercados
y en los burdeles.
Tal vez también le suplicó a Julián Carrillo
que no lo obligara a cargar bultos y costales
el año que estuvo viviendo en su casa, aquel adolescente
recién llegado a México en 1921.
Aunque a veces pecaba de orgulloso,
y quizás por eso no suplicó nada.
Cómo saberlo.
Me gustaría conocer a un perro que lo hubiera conocido a él.
Podríamos sentarnos a platicar por horas. De él.
Cuántas cosas me contaría.
Cosas que yo ignoro.
Y cosas que las personas no cuentan.
Por ejemplo, por qué cambió su violín
por un automóvil de lujo;
o qué se hizo de toda esa música de cámara
que él compuso y que, casi en su totalidad, está perdida:
cuartetos, tríos, quintetos, sextetos;
y chismes, que si Silvestre Revueltas
prefería no tocar delante de él,
que si tocó duetos para violín y viola con Menuhin
—él, Higinio, a la viola—,
que si acompañó a Szigeti al piano,
y, no podía faltar esta pregunta, qué sensación le producía
que las mujeres se volvieran a mirarlo a su paso
—quién no lo sabe: el violín bien tocado es instrumento seductor,
y el violín era su galanura.
En fin, chismes que a todo perro le encanta contar.
Afinaba el piano una vez al año.
Tenía toda la herramienta necesaria.
Se inclinaba sobre el instrumento y oprimía la misma
tecla infinidad de veces.
El piano le revelaba secretos.
Los cumpleaños tocaba “Las Mañanitas”
para cada uno de nosotros.
Y cuando estaba de excelente humor,
sus piezas, lindas piezas que compuso de joven
—nadie como él tocaba su fox “Chapultepec”.
De viejo no tocó más.
Ni violín, ni piano, ni nada.
La artritis y la diabetes lo tenían partido en dos.
Borraba sus cintas, las cintas que contenían sus conciertos,
encima de ellas grababa radionovelas, peleas de box,
partidos de futbol.
No veía a nadie. Sólo esperaba.
Miraba la ventana por horas durante la noche,
de pie, sin pestañear.
Menos tuvo la paciencia de revisar su música,
la escasa que conservó hasta el final.
Una vez lo encontré llorando.
¿Por qué lloras?, le pregunté.
Porque no sé dónde están enterrados mis padres.
Mi padre Eusebio y mi madre Basilia.
Respondió.
Su padre: violonchelista y colchonero,
además de entrenador de ratones en sus ratos libres;
su madre: costurera de ajeno
de tiempo completo.

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