Andanzas eusebianas Joan Vollmer
Para Jorge García-Robles
Diste tu vida para que un hombre consumara su obra. Coja, con el pelo enmarañado y llagas a la vista, madre de dos hijos —uno de aquel hombre, el varón, y la niña, hija de aquel marido piloto de guerra. Desprestigiada, adicta, alcohólica, cuidadosa de tus gatos y descuidada de tus hijos, neoyorkina, maestra en el arte de inyectarte heroína, pusiste aquel vaso con ginebra oso negro y coca cola en tu cabeza y le dijiste: “Dispara, a ver cómo andas de puntería”. A tres metros. En un departamento de la calle de Monterrey en la ciudad de México. Viviste en la calle de Orizaba. Allí creaste una leyenda negra, que asustaba a las inquilinas de aquel edificio, y a los niños que corrían por las escaleras. Allí subías a la azotea a tender la ropa y mirar con suspicacia a la mujer que ponía tortillas en el comal, o a aquella otra que armaba escobas con varas. Tú habías dejado de ser bella, si te hubieran conocido antes, cuando Jack Kerouac y Neal Cassady se masturbaban a tu salud. Pero ahora eso era ayer. Él amartilló la pistola, apuntó y disparó. Tú caíste muerta. En ese instante él sintió el relámpago fulminante de su destino. Un escritor había nacido. Más importante: El almuerzo desnudo había nacido.
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