Andanzas eusebianas King Kong (1ª. versión)
Lorenzo da Ponte hubiera hecho un argumento de su vida, y Mozart habría corrido a ponerle música. Porque no es común que a un varón se le obsequie una mujer como muestra de admiración y temor. No es común que se le brinde a un macho la elocuencia del alma femenina para disipar soledad y pesimismo. Y menos es común que ese varón se enamore hasta matar por ella como lo hace el adolescente de su vecina, de esa mujer que sólo ha entrevisto en sueños y por la que amanece con el miembro erecto. Nada de esto es común. Enamorarse sí lo es. Enamorarse es un lugar común del tamaño del planeta Júpiter, y que se designen parejas al gusto de terceros. Todo eso es lugar común. Pero que la mujer sea rubia en una tribu de negras —cual negra en una tribu de rubias, cosa de imaginarse— cuenta, y que el novio posea tanta testosterona como ímpetu las cataratas del Niágara, tiene lo suyo. Nadie lo podría negar. Pero el fondo no está ahí. No en este caso. El fondo está en el amor. En ese desgarramiento que deja el alma como jerga de burdel, en ese sacarse el corazón para que la mujer lo destroce a dentelladas. Ahí está todo la gracia de King Kong, a cuya salud bebo todas las noches.
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