Andanzas eusebianas La gula urbana
Todos comen todo el tiempo. Todos beben todo el tiempo. Caminas por la calle o por la entrada de las líneas del metro y observas a la gente amontonarse en los puestos de tacos, de sopes, de tortas. Todos tienen hambre. Todos tienen sed. Pero aun cuando esta hambre y esta sed se sacien, la gente sigue comiendo, la gente sigue bebiendo. Los restaurantes están saturados y la gente se forma para entrar. La gente espera. En las oficinas la gente come, en los transportes públicos la gente come, en los conciertos y en las funciones la gente come. En los baños la gente come. En las marchas y en las visitas a los museos la gente come. O cuando menos chupa una paleta. No cabe un alma más en las cantinas ni en los puestos de comida en el mercado. Los refrescos, las cervezas y las aguas frescas resbalan por las gargantas ávidas. Si el capitalino se pudiera comer a su vecino, al que viaja junto, al que vive arriba, al lado, abajo, con el que se topa a la entrada o la salida de los vagones del metro, de las micros, de los taxis, del metrobús, se lo comería. Si pudiera se lo comería. Bebería su sangre no como un ritual sagrado sino como el niño bebe su refresco en el recreo. Que no comparte.
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