Andanzas eusebianas Mi hijo Alonso En sus 32
Mi mujer y yo nos sentamos a comer para hablar acerca de nuestro hijo. Sus vicios, sus virtudes, su talento, su lado obscuro —obscuro con b, como a él le gusta. Tiene treinta y dos años, y vivimos juntos hasta que sobrevino el divorcio —él andaría por los trece, más o menos. Hablamos y hablamos. El tema de los temas. De pronto los ojos se le anegaron de lágrimas. También los míos. Él, mi hijo, estaba tan cerca. Y tan distante —como el auto en la carretera que a lo lejos simula un punto rojo. Acaso nos culpamos mutuamente. Pero evocábamos su sonrisa, y el llanto desaparecía. Entonces nos reíamos. A carcajadas. Cuando la noche acaeció —con su gran carga de infortunio, ¿tenía que decirlo?—, un sentimiento agreste tendió su manto sobre nosotros. Y las manos de ella y las mías se encontraron. Le propuse amarnos, pero se negó. Lo hice como abrirle la puerta del coche. Una caballerosidad. Le debo tanto a esta mujer. La sonrisa de Alonso se desparramó sobre nosotros. Y nos fuimos tranquilos.
|