Andanzas eusebianas Por los caminos de la música
Para don Lázaro de Greiff
Mozart, que nació en un descuido de Dios, las notas, que custodian el advenimiento de la muerte, la música, cuyo cómplice es el silencio, Beethoven, que es Cioran en música, Liszt, a quien Brahms despreció, Chopin, que muy a su pesar sigue estrujando, Beethoven y su sordera chantajista —como Jesús y sus llagas—, el músico callejero, que nos recuerda la grandeza de la música, el lied y la voz como una paloma perversa, el violín, que bautizó a Paganini, Paganini, que le dio forma al violín, el piano, en su facilidad infinita, que sin embargo nunca es complaciente, el chelista, que parece aferrarse a su instrumento para no morir, Bach, que está a la derecha de Dios y sin cuya anuencia no existiría la Pasión según san Mateo, Anton Rubinstein, que concedió entrevistas que hoy se consideran tratados, y de las que Borges —cuyo aliento entibia estas líneas— no tuvo conocimiento, el placer de la música, que nos consuela para morir, Herbert von Karajan, que en Berlín hizo lo que Bernstein en Nueva York, Leonard Bernstein, que en Nueva York hizo lo que Karajan en Berlín, el segundo concierto para piano de Brahms, que exige comprometerse para escucharlo, Mendelssohn, que solía ocultar piedras preciosas entre los pliegues de la mujer, los cuartetos, que conducen a la filosofía de la música, Mozart, que es y será el más grande, Schubert, que hizo cantar a las truchas, la amistad entre Haydn y Mozart, de la que aún aprendemos, el corno, cuyos mejores ejecutantes alertaban a las tropas aqueas, el arpa, que todavía tiene cosas que decirnos, el solfeo y la feliz evocación del sol y el fa, que nacieron para estar juntos, las sinfonías, cuya beligerancia envidiamos, las sonatas, cuya dulzura nos confunde, el concierto de violín de Beethoven, que se levanta en las alturas y se distingue en el cielo como un relámpago, el concierto para violín de Chaikovski, que se escucha en lo más profundo de las cavernas, las obras para violín solo, de las que huimos, los días de asueto, que los intérpretes no conocen, los compositores, porque son inagotables, el papel pautado, porque es la alambrada de púas de la música, la música de cine, que sobrevive a las películas mismas, la inspiración crepuscular de Vivaldi, que en mucho recuerda la de un pintor nacido en Sanzio, Copland y Gershwin, con quienes el clarinete está en deuda, el clarinete, que está en deuda de Mozart y Brahms, la música rusa y Prokofiev, que se encargó de desenmascararla, la música rusa y Rachmaninoff, que se encargó de arrullarla, las mujeres, a quienes la música no acepta, quién sabe si por cuestión de celos, Schumann, que no distinguió entre la música y la vida y cuyo seudónimo era Eusebius, Berlioz, que se disfrazó de mujer para seducir a una mujer, Verdi, que con Mozart, Brahms y von Suppé sostienen esa montaña llamada réquiem, César Franck, cuya sonata para violín y piano sostiene esta página, Dvořák, que vio en la música de los esclavos negros la fuente de la melodía, la música de cámara, que oímos en los momentos de infortunio, la música, que, como el pan, siempre es posible compartir.
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