La quinta columna Mis setenta Por Maité Hernández-Lorenzo
Hace unos días alguien hizo un gesto de espanto cuando le dije que había nacido en el año 70. Entendí que es el mismo que hacemos ahora cuando un joven confiesa que nació entre el noventa y el noventa y cuatro, los más duros del “período especial” –dulce eufemismo con el que nombramos a la más amarga crisis económica y social vivida en la Cuba revolucionaria. (Es curioso, pero no recuerdo que en los tempranos noventa haya pasado algún ciclón tan severo y peligroso como los que han atravesado en tan breve tiempo la Isla, sólo la Tormenta del Siglo en marzo de 1993, fuera de todo pronóstico y temporada. La naturaleza fue sabia y comprendió que aquel huracán que nos llegaba desde Europa del Este era el más terrible de todos, pero quizás también necesario).
En verdad los setenta fueron años oscuros, grises, tenebrosos para muchos, una década de fracasos, de políticas erradas –durante el pasado año y parte de éste, se ha debatido críticamente sobre las mismas y sus consecuencias para la cultura y para los artistas desde una perspectiva que mira al presente. Si en el setenta Cuba sufrió el fiasco de la zafra de los diez millones, el quinquenio gris y otros reveses, el mundo no estuvo tampoco ajeno a los naufragios: el golpe pinochetista en Chile, la guerra de Viet Nam, la dictadura militar argentina y otros tristes etcéteras.
Sin embargo, mi niñez, que atravesó toda la década, gozó de ciertos encantos y bondades. Por ejemplo, en los setenta fui por primera vez a la escuela, nos mudamos a una nueva casa, a mi papá le dieron un Lada, y en él viajamos por la carretera central – “collar de perlas”, como la ha nombrado un prestigioso arquitecto cubano– hasta el oriente de Cuba; en el 78 nació mi hermano; en esos años por primera vez fui al teatro; a principios de la década en la periferia de La Habana inauguraron el Parque Lenin, un enorme espacio con colinas, lagos, estanques, restaurantes, cafeterías al aire libre y un sofisticado parque de diversiones a donde mis padres me llevaban todas las semanas para comer “altea”, deliciosa barra de chocolate que se nos pegaba en el cielo de la boca y que para infortunio de mis hijos ya no se encuentra en el mercado; en esos años mi papá visitó muchos países y de todos trajo regalos a la familia, obsequios y artículos cuyo olor nunca he olvidado y que de inmediato reconozco en las cosas “de afuera”; a finales de la década en Cuba se celebró el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, y mi padre estuvo al cuidado de una delegación vietnamita. De la mano de aquellas muchachas delgadas de rasgos finísimos corrí por los amplios salones de la CUJAE a cualquier hora del día y de la noche; en esos años me perdí en un cañaveral colindante con mi casa y allí, entre las altas y duras espigas, probé la caña de azúcar por primera vez; también en el setenta me enamoré y recibí mi primera y única serenata.
Fue en esa década cuando se coló entre nosotros con fuerza inamovible la moda de los nombres. Inventar, mezclar, rastrear todo tipo de nombres, los maternos, los paternos, los de nuestros más antiguos ancestros, incluyendo nuestros desafortunados taínos y siboneyes, los de raíces eslavas con connotaciones políticas e ideológicas, incluso, hay ejemplos que ilustran, en una infeliz combinación fonética, una vocación latinoamericanista y prosoviética. Creo que fue un intento por visibilizarnos, por ponernos al día “a la cañona”, por adelantarnos, como si estuviéramos hablando de un avance tecnológico. Era como si quisiéramos volvernos a inventar, refundarnos a través de nuestros nombres, crear una nueva lengua, bajo un lema imaginario como “Vamos a partir de cero y nombremos las cosas nuevamente”.
Llamarse Carolina, Camila, Daniela, Paula, Carla, Gabriela, Claudia, nombres que ahora abundan, era casi un excentricismo en aquel entonces. Las frecuentes Yanet, Judith, Yamila o Yamilé fueron cediendo ante el paso firme de Yaneisy, Yanetzy, Yuneisy, Dodanys, Daimé, Daybet, Yumisleidy, Huimiclei, Laidy, Milaidy, Ludianka, Yusimí, Yosaima y así hasta el infinito como si la propia Sherezada nos susurrara inéditas y aventuradas combinaciones. Muchas de mis amigas se llamaban así. Algunas de ellas lo camuflaban con diminutivos, apelativos cariñosos en un consenso tácito por perdonar a nuestros padres. De lo que siguió después hasta nuestros días ya es harina de otro costal. Nuevas alquimias, apropiaciones de nombres de origen francés o italiano, otros caminos que conducen a novedosos mestizajes e inéditas maneras de continuar una tradición que, ineludiblemente, también me pertenece.
Mi padre, quien ha ejercido la docencia en la universidad durante tantos años, siempre me comentaba, en tono burlesco, el listado de sus alumnos. En cada curso escolar, sucedía un nuevo deslumbramiento ante la enorme capacidad imaginativa de los progenitores de sus estudiantes. Un amigo, periodista y escritor, se ha dedicado durante mucho tiempo a trazar una nueva genealogía en la historia de los nombres en Cuba. Debo confesar que, como buena hija de los setenta, traicioné y rompí la tradición. Mis hijos tienen nombres de viejos, como alguien me dijo, como si al nacer ya fueran hombres con una larga historia, nombres que pesan y en los que recae la memoria de una antigua costumbre. Quién sabe si ellos luego se encarguen de reiniciar el ciclo, de lograr nuevas invenciones, de poner oídos a los murmullos de Sherezada.
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