33
En las semanas siguientes hubo otras siete audiciones. Tres invitados por Gafas, dos por Mofeta, dos mías, y una más del Topo. Tres escritores, un filósofo, una pintora, un músico y una escultora. Ninguno cumplió nuestras expectativas. Recuerdo con particular precisión el debate que se dio alrededor del filósofo. El cabrón era inteligentísimo, un genio, un erudito con sorprendentes conocimientos para su edad. Además era bastante agradable, sencillo. Se pasaba la noche tomando tequila y apenas abría la boca. Sabía cuándo hablar y cuándo callar, una virtud permanentemente subvalorada. Todas sus lecturas le brindaban la posibilidad de hacer un análisis minucioso de la realidad, mucho más preciso que el que nosotros logramos. No lo aceptamos porque su creatividad era nula. Se la pasaba citando, y eso iba en contra de uno de los puntos del manifiesto. Hoy me arrepiento de nuestra terquedad, de nuestra ceguera extremista, ese fulano nos hubiera servido de mucho.
Los demás eran completamente olvidables. Todos contaban con exposiciones, publicaciones, premios, etcétera, pero me queda claro que eso en México, y quizás en el resto del mundo, vale un carajo. De hecho, estoy considerando seriamente lanzar una convocatoria titulada Un Kilo de Mierda. Todos pueden mandar sus textos, y el ganador se llevará un kilo de mierda de algún escritor prestigiado para untársela en su rostro con orgullo y alegría. Oh dios santo, pensé que había vivido, pero me equivoqué, Nada se compara con el dulce sonido de los desechos de Monsiváis incrustándose en mis oídos. La mitad de los que se presentaron estaban en el clásico viaje de ego del artista. Pensaron que su obra llegaría a las grandes ciudades, que tendrían fama y la chingadera. Ahora están encerrados en algún cubículo de quinta lamiéndole las bolas a alguno de los sujetos que consideraban inferior para que les de un aguinaldo. Regresando a la historia. Ya nos habíamos dado por vencidos. Yo pensaba que para progresar y trabajar con seriedad, era necesario un quinto elemento. Sin embargo, todo apuntaba a que tendríamos que conformarnos con lo que teníamos.
Un viernes en la noche, similar a todos los viernes en la noche, estaba tomando unas chelas con Mofeta en La casa de todos. Siempre fue mi lugar predilecto. Había muchos otros cafés que promovían el arte, la música, y demás, pero ninguno tenía esa esencia rebelde. Las paredes estaban repletas de frases, ya sea creadas por los asistentes o citas de grandes figuras: Bob Marley, el Ché, Pink Floyd, Marx, Lenin, Zapata, Hendrix, María Sabina, etcétera. En ningún otro rincón de Mérida podrías encontrar tal diversidad de gente conviviendo sin conflicto. Era una Peña como las de antaño. Si parabas el oído un segundo escuchabas debates interesantísimos, difíciles de hallar en el resto del estado. Además, la cerveza estaba a un precio muy razonable.
En esas andábamos, hablando con don Pepe, un intelectual, lector insaciable, que había terminado refugiándose en aquélla esquina del centro, cuando recibimos una llamada de Gafas. ¿Qué hóngole? ¿Dónde andan? Si no los interrumpo, tienen que venir al Olimpo, creo que encontré una candidata que vale la pena estudiar. Pagué seis cervezas y siete cigarros sueltos apresuradamente. Me lancé a paso apresurado con Mofeta hacía al Olimpo, brillante construcción arquitectónica de Roberto Ancona, Quijano, y Soreda, espacio cultural abierto a todos. La Plaza Grande de Mérida, a diferencia de la mayoría del país, es bellísima. No hay ninguna tienda de electrónicos, ni otra corruptela de alguna familia de riquillos estropeando la vista. Entramos sin pagar un centavo, como corresponde en el Olimpo. Subimos las escaleras, ingresamos a un par de salas hasta que localizamos a Gafas. Tienen que ver esto, No sé de donde salió, ni quien sea, pero sabe lo que hace y hace lo que nos hace falta.
|