La quinta columna Entre ciclones
Entre ciclones es el título de un largometraje de Enrique Colina, una de las personas que en Cuba nos enseñó a ver y apreciar el cine. Su programa “24 por segundo” se trasmitió una vez a la semana durante muchos años. Un día desapareció y nunca más lo vimos. De manera desenfadada, como si estuviera sentado en la sala de nuestra casa, Colina nos comentaba sobre fotografía, actuación, guión, sonido. Ahí descubrí la utilidad de la luz y la sombra, de la palabra y el silencio en el celuloide. Quizás en buena parte gracias a él, la gente en Cuba adora el séptimo arte. No creo que en muchas ciudades, sus habitantes se vuelquen a los cines con la misma furia con la que corren a una rebaja en el mercado. Durante la primera quincena de diciembre, media Habana sale de vacaciones para ir al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Algunos dejan de ir al trabajo, se escapan; otros inventan historias para meterse, una tanda tras otra, en la quietud de la sala oscura.
Pero Entre ciclones es también un período que corta la mitad de nuestro año, un tiempo de angustia y de expectativa para muchos; para los menos, uno de los encantos exóticos del trópico. Del 1 de julio al 30 de noviembre Cuba se declara en temporada ciclónica. Coincidentemente con la temporada ciclónica llegan las vacaciones, los niños en las casas o en los trabajos de los padres. Es el tiempo en que viajamos a ver a los familiares, en que inventamos fiestas y pretextos para el encuentro con los amigos. Es la época para engordar, para sudar más que nunca y para refugiarse del sol. Es el período en que la gente se pone más belicosa, como decimos aquí, y un pisotón en la guagua puede convertirse en la querella del día.
Cuando era niña la llegada de un ciclón era una fiesta. Un ciclón en casa significaba dejar de ir a la escuela, o un largo apagón que nos permitía escuchar mejor el susurro de mi abuela o las voces distantes de mis padres. Con el ciclón cambiaban nuestros horarios, nuestra dieta y, por supuesto, nuestro sueño. Era el mejor momento para compartir cuentos, leyendas del campo que nos traían personajes como el hombre sin cabeza, el bebé con dientes, o aquella viejita que se montaba en un auto frente al cementerio y minutos después desaparecía de detrás del chofer. Las películas de horror descritas dramáticamente por los demás niños eran también mis favoritas. Era el instante en que la lluvia y el viento eran nuestros más persistentes compañeros y mi inocencia no me dejaba ver el peligro y el temor que sentían los demás.
José Rubiera, nuestro Colina en la meteorología, es el hombre que nos ha enseñado a observar y evaluar un ciclón desde su estado embrionario, es decir cuando todavía es depresión tropical. Durante muchos años, yo lo recuerdo desde siempre, Rubiera nos ha ido advirtiendo -en una paradoja feliz y trágica para un meteorólogo- el desarrollo y tránsito de un ciclón por Cuba. Los cubanos sabemos de ciclones de la misma manera que ostentamos nuestra sapiencia en la pelota. Muchas veces hacemos nuestras mismas predicciones y nos dibujamos misteriosos pronósticos a partir de una ecuación de probabilidades. Si Gustav e Ike atravesaron la isla como si estuvieran tejiendo y destejiendo nuestra geografía, con seguridad no nos toca ninguno más, aseveran algunos. Y a veces estos visionarios tienen razón, pero otras no. Es por eso, que al menos yo, que dejé hace mucho la niñez atrás, a pesar de que aún insisto en conservar rasgos de cierta inocencia, respiro aliviada cada 1 de diciembre, por cierto, vísperas del Festival de Cine de cada año.
Hoy mis días de ciclón son muy distintos a aquellos en los que transcurría haciendo cuentos y “metiendo” mentiras que nadie podía comprobar. Hoy son mis hijos los que arman jolgorio y bulla en el diminuto apartamento de un piso 16 donde el viento choca contra los cristales como si quisiera devorarlos. Son ellos los que juegan a sortear la oscuridad, mientras yo, desafiando el mal tiempo, repito las leyendas del hombre sin cabeza, del bebé con dientes o de la viejita prófuga.
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