La quinta columna Las estaciones del teatro
En septiembre se cumplirán quince años de mi “entrada” al teatro cubano. En puridad ya lo había hecho desde antes cuando debí cumplir mis faenas como estudiante de Periodismo y concluir mi licenciatura con una extensa investigación dedicada a la crítica teatral. Ese fue el pie forzado para encontrar trabajo como promotora en la empresa más importante del teatro y la danza profesionales en Cuba. Era, para decirlo claramente, una funcionaria. Aunque la palabra nunca ha sido de mi agrado, intenté darle un sentido, dotarla de valor y. hacer que “funcionara” si era ese mi deber. Creo que en medio de la resistencia burocrática, de la inercia, de la falta de imaginación y creatividad, de la carencia de ideas propias de muchos de los que me rodeaban a mis veintitantos años, logré funcionar. Hoy muchos de mis amigos más estimados son teatristas a quienes conocí en mis labores, y que me han acompañado en más de una aventura.
Teatro de las Estaciones, uno de esos amigos, ha arribado también a sus quince años. El pasado miércoles tomé la mano de mi hijo mayor y nos fuimos, junto a otros colegas, hasta Matanzas, ciudad al este de La Habana que acoge al grupo. Viajar a Matanzas es siempre una fiesta, allí siempre nos esperan, las puertas están abiertas siempre.
Después de cruzar el abismal Puente de Bacunayagua se está en Matanzas. Bienvenida breve, almuerzo sabroso y enseguida nos adentramos en un recorrido por los tres lustros de trabajo y de reconocimiento. Es muy probable que sea éste uno de los escasísimos grupos teatrales cubanos que durante tanto tiempo ha logrado mantener un núcleo de creación. El panel que recibió a casi una decena de ponencias e intervenciones fueron abordando las aristas más destacadas de la concepción teatral del grupo: el diseño escénico, la selección de las obras, la música, la actuación, la animación de los muñecos, la dirección actoral…Si nos detenemos un poco, al vuelo percibimos que se trata de los ejes fundamentales que arman y apuntalan un espectáculo, un proceso y una trayectoria teatral. De manera que no eran esas precisiones las que más llamaron mi atención. Entre los ponentes, todos reconocidos teatristas, críticos e investigadores, sobresalía la presencia de una estudiante que comenzará próximamente su tercer año de Teatrología. Muy apenada y con una timidez que fue dejando paso a la opinión espontánea, a las impresiones, al deseo de comunicar las ideas, la novata me hizo ver el futuro de Teatro de las Estaciones. La sola presencia de esa jovencita entre los demás, ponía luz hacia delante, daba un sentido de porvenir y abría un camino inclinado hacia arriba.
Teatro de las Estaciones es, sin duda, todo lo que expresaron allí mis compañeros. También es más, mucho más. Ahora mismo desearía que muchos grupos de mi país lo tomaran como ejemplo. De ningún modo lo digo en sentido chato. Va más allá del simple molde. No se trata de calcar los espectáculos de Rubén Darío Salazar, ni los diseños de Zenén Calero, imposible por demás, ni las magistrales interpretaciones de Freddy Maragoto, Farah Madrigal, Migdalia Seguí, y la de los más nuevos que van llegando al colectivo. Se trata de inspirarse en su espíritu, en el “ambiente” que rodea la creación de Teatro de las Estaciones, de intentar trazar una línea semejante de coherencia, integridad, sistema artístico e intelectual. Me refiero a gozar el oficio, a compartir ese goce y a no escatimar en derrocharlo. Es cierto que hace falta talento, idea, dedicación, don; cualidades que le sobran a Teatro de las Estaciones.
Cuando hace algunas semanas atrás celebraron en la Casa de las Américas el centenario de Javier Villafañe, el maestro titiritero y escritor argentino, con la presentación El gorro color de cielo, recordé que había sido esa la primera obra de teatro a la que asistió mi hijo mayor cuando apenas tenía siete meses. Luego vinieron muchas más, mi más pequeño vástago se ha sumado también al club de fans de Salazar y su team. Mi familia es parte de la memoria del grupo, de su paso por la escena cubana. Y con Rubén Darío compartí un inolvidable viaje a Dinamarca en el que vimos buen teatro, hicimos grandes amigos y mostramos nuestras destrezas bailando salsa cubana.
Enhorabuena. Que vengan más años, que Teatro de las Estaciones y su público los estamos esperando.
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