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Maité Hernández-Lorenzo
Un par de semanas...
Maité Hernández-Lorenzo
Diarios irreverentes
Un par de semanas...

N
os tomó un par de semanas arreglarlo todo. El verano estaba llegando a su fin, y la mitad de los meridanos habían emigrado a sus casas de la playa. Después de cientos de llamadas telefónicas, bajo identidades falsas, logramos que muchas escuelas, algunas instituciones privadas y otras gubernamentales nos dejaran entrar a sus respectivos “hogares” a plantearles un proyecto para fomentar la lectura en Yucatán. Sólo pudimos exponerlo en la mitad de los lugares que habíamos planeado: el chisme corrió. La gente nos prohibió la entrada. ¿Por qué? Porqué nuestra muy elaborada propuesta, con fotografías de Ixchel, un discurso escrito por mí y leído por Mofeta, pedía formalmente derrumbar la catedral del estado. La misma que los colonizadores construyeron con los restos de las pirámides mayas que destruyeron. La idea era simple, tirarla con dinamita y construir una gigantesca biblioteca pública en su lugar. Sin duda sería mucho más beneficiosa para el pueblo. Un estante de literatura latinoamericana contiene muchísima más sabiduría que la pinche Biblia, y ni hablar de los discursos chacoteros de los párrocos. Cuando nos sacaron a patadas de las escuelas, comenzamos a recolectar firmas en las calles. Créanlo o no, juntamos más de cien. Se las llevamos a la secretaria del alcalde, y Mérida, silenciosamente, ardía en ira. ¿Les suena sonso? Los reto a tocar puertas, enfrentarse a gente poderosa para promover el derrumbe del monumento histórico más representativo de su ciudad a cambio del bien comunal.


En ese entonces no lo sabíamos, pero Mérida, invocaba un escándalo silencioso. Había dos bandos jalando la misma cuerda, alguno tendría que ceder.

54

Esta vez voy directo al grano: nos hace falta ser políticamente incorrectos. El mundo anda como quieto, como dormido, como muerto. Recuerdo que en mis años mozos existía la esperanza de una gran revolución. Una revolución ideológica que triunfara como sólo la francesa lo ha logrado. Ya se nos pasó la oportunidad. Las circunstancias históricas eran perfectas, sólo que nunca hubo organización, ni un líder brillante, ni nada. Apenas diminutos movimientos aislados. Ahora parece que aquella revolución sin patria nunca llegará, pero hay una forma de corregirlo. Lentamente forzando la tuerca al otro lado. Hay que ser políticamente incorrectos todo el tiempo para revertir esta devastadora marea de conformismo.


No es tan complicado como parece: lo prometo. Todo está en los actos que podrán parecer insignificantes. Hay que atacar a fondo los convencionalismos absurdos sacándolos desde sus raíces. No le estoy pidiendo a nadie que salga a la calle a trastornar el mundo, sólo que lentamente cambiemos la cultura de la estática en nuestras acciones cotidianas. Por ejemplo, si usted es jefe de una gran empresa, y obliga a todos sus empleados que se mantienen encerrados en un claustrofóbico cubículo a ir vestidos de traje, cámbielo ahora. No tiene el menor sentido. Los pobrecillos no van a ver a nadie que no los conozca. En cambio se sentirán oprimidos inconscientemente, se irán convirtiendo en máquinas insensibles, sin capacidad para discernir. Lo políticamente incorrecto tiene la facultad de sorprender. Sorpréndanse a si mismos en sus pequeños actos. Vayan en contra de la moral convencional. Digan lo que tengan que decir, y la justicia llegará a la tierra, como un meteorito de esperanza.


55

Esto pienso después unos cuantos tequiletes: Cansado. Estoy cansado como si con cada paso que diera, mi cuerpo se estuviese despilfarrando. Tengo todas estas cosas que no me sirven y no me importan. Quisiera guardarlas en un sabucán de acido fólico, aspártico, pantoténico, cítrico, folclórico, me da igual. Tengo la lengua como entroncada. Palpito, y en el retumbe, me doy que cuenta que tengo una adicción neuronal al sufrimiento. Que muchos más la tienen. Que la indiferencia es tan fuerte que tenemos que andar flagelando eso que los buenos creyentes llaman alma. Mis manos están como trabadas. Quiero sentir el calor de un metal a las brasas en mi espalda. Llevo toda una vida buscando penetrar en el lado más perverso del ser humano. Los busco, y cuando los veo, quiero acribillarlos. Quiero cambiarlo todo. Pero el miedo (como de uñas pérfidas acurrucando la piel leve de la existencia) a ser yo el equivocado, el que merece la azotina, me da esa dulce sensación de poder sentir algo.



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